sábado, 17 de septiembre de 2011

Porque la genialidad supera al tiempo...



"Las Palabras" de Julio Cortázar 

Charla pronunciada en el centro cultural La Villa de Madrid en 1981. 

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados. Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuales son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un clisé sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del clisé y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. ¿Con qué derecho digo aquí estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación, es decir, de avanzar positivamente en la historia como ente social, y de ahondar como individuo en el contacto con sus semejantes. Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seriamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que debería ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por valido, descontando que la libertad es la libertad y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más, como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen. Hoy, en que tanto en España como en muchos países del mundo se juega una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Y eso puede llevarnos en muchos casos sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos ganarla. Seguimos dejando que esas palabras que transmiten nuestras consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes avejentados, de retóricas que inflaman la pasión y la buena voluntad pero que no incitan a la reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a las tomas de posición que signifiquen un verdadero paso adelante en la búsqueda de nuestro futuro. Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de vida, del estado, de la sociedad y del individuo basado en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual. Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manejo de servirse de los mismo conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. Palabras como patria, libertad y civilización saltan como 

conejos en todos sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos la patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar de su lado en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas altamente masificadas. Para ellos la civilización es el estancamiento en un conformismo permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra excesiva confianza en el valor positivo que para nosotros tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado sus capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos tales como individuo, como justicia social, como derechos humanos, según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo. Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar hacia atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en su forma más pura, para asentir su temblor matinal en los labios de tantos visionarios, de tantos filósofos, de tantos poetas. Y eso, que era expresión de utopía o de ideal en sus bocas y en sus escritos, habría de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa convulsión popular las volvió realidad en el estallido de la Revolución Francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad dejó entonces de ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la dialéctica cotidiana de la historia vivida. Y a pesar de las contrarrevoluciones, de las traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como la de Napoleón Bonaparte y de las de tantos otros, esas palabras conservaron su sabor más humano, su mensaje más acuciante que despertó a otros pueblos, que acompañó el nacimiento de las democracias y la liberación de tantos países oprimidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del nuestro. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser viciadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate. Las decimos, si, y es necesario y hermoso que así sea; pero ¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de la adherencias, de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira? Un ejemplo entre muchos puede mostrar la cínica deformación del lenguaje por parte de los opresores de los pueblos. A lo largo de la segunda guerra mundial, yo escuchaba desde mi país, la Argentina, las transmisiones radiales por ondas cortas de los aliados y de los nazis. Recuerdo, con asco que el tiempo no ha hecho más que multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta frase: Aquí Alemania, defensora de la cultura». Si, ustedes me han oído bien, sobre todo ustedes los mas jóvenes para quienes esa época es ya apenas una página en el manual de historia. Cada noche la voz repetía la misma frase: .Alemania, defensora de la cultura». La repetía mientras millones de judíos eran exterminados en los campos de concentración, la repetía mientras los teóricos hitleristas proclamaban sus teorías sobre la primacía de los arios puros y su desprecio por todo el resto de la humanidad considerada como inferior. La palabra cultura, que concentra en su infinito contenido la definición más alta del ser humano, era presentada como un valor que el hitlerismo pretendía defender con sus divisiones blindadas, quemando libros en inmensas piras, condenando las formas más audaces y hermosas del arte moderno, masificando el pensamiento y la sensibilidad de enormes multitudes. Eso sucedía en los años cuarenta, pero la distorsión del lenguaje es todavía peor en nuestros tilas, cuando la sofisticación de los medios de comunicación la vuelve aún más eficaz y peligrosa puesto que ahora ataca los últimos umbrales de la vida individual, y debido a los canales de la televisión o las ondas radiales puede invadir y fascinar a quienes no siempre son capaces de reconocer sus verdaderas intenciones. Mi propio país, la Argentina, proporciona hoy otro ejemplo de esta colonización de la inteligencia por deformación de las palabras. En momentos en que diversas comisiones internacionales investigaban las denuncias sobre los::miles y miles de desaparecidos en el país, y daban a.. conocer informes aplastantes donde todas las formas de violación de derechos humanas aparecían probadas y documentadas; la junta militar organizó una propaganda basada en el siguiente slogan: «Los argentinos somos derechos y humanos». Así, esos dos términos indisolublemente ligados desde la Revolución Francesa y en nuestros días por la Declaración de las Naciones Unidas, fueron insidiosamente separados, y la noción de derecho pasó a tomar un sentido totalmente disociado de su significación ética, jurídica y política para convertirse en el elogio demagógico de una supuesta manera de ser de los argentinos. Véase como el mecanismo de ese sofisma se vales de las mismas palabras: como somos derechos y humanos, nadie puede pretender que hemos violado los derechos humanos. Y todo el mundo puede irse a la cama en paz. Pero acaso no haya en estos momentos una utilización mas insidiosa del habla que la utilizada por el imperialismo norteamericano para convencer a su propio pueblo y a los de sus aliados europeos de que es necesario sofocar de cualquier manera la lucha revolucionaria en El Salvador. Para empezar se escamotea el termino «revolución«, a fin de negar el sentido esencial de la larga y dura lucha del pueblo salvadoreño por su libertad -otro término que es cuidadosamente eliminado-; todo se reduce así a lo que se califica de enfrentamientos entre grupos de ultraderecha y de ultraizquierda (estos últimos denominados siempre como «marxistas«), en medio de los cuales la junta de gobierno aparece como agente de moderación y de estabilidad que es necesario proteger a toda costa. La consecuencia de este enfoque verbal totalmente falseado tiene por objeto convencer a la población norteamericana de que frente a toda situación política inesperada como inestable en los países vecinos, el deber de los Estados Unidos es defender la democracia dentro y fuera de sus fronteras, con lo cual ya tenemos bien instalada la palabra «democracia en un contexto con el que naturalmente no tiene nada que ver. Y así podíamos seguir pasando revista al doble juego de escamoteos y de tergiversaciones verbales que como se puede comprobar cien veces, golpea a las puertas de nuestro propio discurso político con las armas de la televisión, de la prensa y del cine, para ir generando una confusión mental progresiva, un desgaste de valores, una lenta enfermedad del habla, una fatiga contra la que no siempre luchamos como deberíamos hacerlo. ¿Pero en qué consiste ese deber? Detrás de cada palabra está presente el hombre como historia y como conciencia, y es en la naturaleza del hombre donde se hace necesario ahondar a la hora de asumir, de exponer y de defender nuestra concepción de la democracia y de la justicia social. Ese hombre que pronuncia tales palabras, ¿está bien seguro de que cuando habla de democracia abarca el conjunto de sus semejantes sin la menor restricción de tipo étnico, religioso o idiomático? Ese hombre que habla de libertad, ¿está seguro de que en su vida privada, en el terreno del matrimonio, de la sexualidad, de la paternidad o la maternidad, está dispuesto a vivir sin privilegios atávicos, sin autoridad despótica, sin machismo y sin feminismo entendidos como recíproca sumisión de los sexos? Ese hombre que habla de derechos humanos, ¿está seguro de que sus derechos no benefician cómodamente de una cierta situación social o económica frente a otros hombres que carecen de los medios o la educación necesarios para tener conciencia de ellos y hacerlos valer? Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que le devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra.

martes, 23 de agosto de 2011

Pienso mucho en esas personas que se mueren pero siguen estando, como suspendidas en el tiempo. Como si no hubieran muerto. Esas personas que no se asume realmente su muerte. Como si estuvieran de viaje. Lo más extraño es que siempre que se recuerda a esas personas se las recuerda como vivas, haciendo lo que hacían, viviendo como vivían, viviendo donde vivían, usando sus ropas, con sus ojos iluminados. Me pasa tanto que me olvido que han muerto muchas personas. Por supuesto, siempre hay algo que me recuerda que murieron. Una foto. La hija de esa madre. Un amigo mas cercano que yo. Lo vidrioso de unos ojos que recuerdan a alguna de esas personas, no muertas para mí. Duele cada vez que me acuerdo, es duro. Es como enterarme de nuevo que murieron. Esto no tiene nada que ver con el espíritu, el alma o lo que esa persona dejó en el mundo para los demás. Simplemente, esas personas que fueron especiales, que se fueron sin avisar, que no me dejaron saludarlas, que no pudimos festejar juntos, que no me pasaron esas recetas que me habían prometido, que siempre voy a pensar como vivas, que para mí están de viaje, solamente quiero saber: ¿dónde están?

jueves, 18 de agosto de 2011

Canción I

Tiene que ser una mañana gris
con la llovizna persistente
sobre los hombros cansados de los hombres
sobre los pelos oscuros de los niños.


Los ojos como perlas pierden el brillo.


El sabor del cigarrillo
se mezcla con las lagrimas de los otros.
Mientras los unicornios
me llevan, arriba, a lo azul.


Debe haber una brisa fresca
como de invierno lléndose
que haga bailar las cortinas, lentas
que haga balancear los árboles.


Los ojos como perlas pierden el brillo.


El sabor del cigarrillo
se mezcla con las lágrimas de los otros.
Mientras los unicornios
me llevan, arriba, a lo azul.

martes, 13 de octubre de 2009

Viaje

Como todas las noches aproximadamente a las once y media empezó a acomodar las cosas para la mañana siguiente, sin pensarlo, parada al lado de la puerta de la habitación, levantó la mano, soltó un “chau” casi sin volumen y cerró la puerta.

Una luz proveniente de la calle entraba por la ventana. A pesar de ser artificial era cálida y alumbraba lo suficiente como para andar por el cuarto sin problemas.

Se sacó toda la ropa, se puso una remera que estaba tirada sobre una silla y ordenó prolijamente la remera, el pantalón, el pulóver, las medias y el corpiño sobre la misma silla; puso las zapatillas al costado de la cama y se sentó en ella. Las sabanas frías le hicieron correr un escalofrío por todo el cuerpo.

Las sombras paseaban por las paredes de la habitación, afuera todo seguía moviéndose, autos, personas, ruidos, árboles, hojas, viento.

Cerró los ojos un segundo, el cansancio del día le impedía terminar de acostarse. Dio un cuarto de giro y subió las piernas sobre el colchón. Se recostó sobre las colchas y ya no pudo esperar para taparse.

La cabeza se le hundió en la almohada, el pelo le tapaba los ojos ocultando las luces que entraban de afuera. Se rozaba un pie contra otro para calentarlos. Los ojos cerrados.

De pronto la levedad, la liviandad. Como si el cuerpo estuviera suspendido en el aire. Segundos desde la realidad al sueño. Instantes desde la conciencia a la inconciencia.

Los ojos se aplastan, y a pesar de la sensación de flotar es como si el cuerpo pesara más.

Sin saber cómo está en la casa de sus padres. Están todos, la abuela, los hermanos, los padres, se ríen y hablan de cosas de todos los días. Está oscuro, de pronto las paredes cambian de color, como si de ellas se desprendiera pintura roja, todos corren, la desesperación de la inundación, el padre la agarra del brazo; “es la invasión” le grita, corren arrastrados por el río de sangre. Llegan afuera. La claridad del sol la ciega y por un instante no puede ver nada. De repente, un campo se alza ante sus ojos y está sola; camina sin saber donde está, la noche se pone en su cabeza, la luna es gigante, ilumina lo que hay alrededor. De pronto empiezan a verse árboles por todos lados, altos y oscuros con ramas gruesas que casi la alcanzan, le rozan el pelo. Escucha un ruido extraño, se da vuelta; caballos corren, se acercan rápidamente. Sin pensarlo se da vuelta y escapa sin saber a donde se dirige. Los pocos rayos de luz entran entre las copas de los árboles y proyectan sombras. Se desespera y corre cada vez más rápido, le duelen las piernas, el pelo le pega en la cara, corre y corre sin pensar. Ve que la persigue un caballo blanco como la sal, se da vuelta en busca de algo que no sabe lo que es.

Se despierta.

Mira por la ventana que está al lado de la cama, la noche es azul oscuro, casi negro; no se ven estrellas. Las luces de afuera no están más y de pronto la ventana se abre golpeando la pared y deja que el cielo cubra el techo. Ahora las paredes son azules oscuras como la noche, llenas de estrellas que brillan lejos diminutas. Desde una punta se ven rayos cada vez más grandes, suben tiñendo de rosas y anaranjados las paredes, siente como el color la abraza, se sumerge en él. Una luz blanca inunda todo, ella es blanca, es aire, es luz. Desaparece.

Se despierta, una alarma suena en algún lado. Agarra el reloj pero no puede ver los números, prende una luz y cada vez ve menos. Se levanta y envuelta en las colchas camina hasta el interruptor, mira la ventana parece de noche; prende la luz, de pronto todo es más claro, más blanco, pero sigue sin ver. Vertiginosamente se da cuenta que todo es gris y con cada luz que enciende todo es mas blanco, las cosas de la habitación destellan claridad, le duelen los ojos, ciega por un momento, piensa que debe ser tarde, que no puede terminar de encontrarle forma a los números del reloj. Camina por la habitación hasta la cama chocándose las cosas que a cada momento son más blancas y brillantes. Se tira en la cama.

Se despierta.

Mira por la ventana que está a la derecha de su cama, ya el sol brilla y un rayo de luz le da justo en los ojos. Se tapa la cara con las sabanas. Otra vez, la levedad, la liviandad, la ingravidez del sueño.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Adrenalina

Corren. Rápido. El viento les mueve el pelo, corren y de vez en cuando miran para atrás. El viento frío congela las manos, los pies, la cara, la nariz, se les secan los ojos, se les vuelven a mojar, se les llenan de lágrimas que se deslizan por la cara. Las manos heladas recorren las mejillas secándolas. Casi no sienten los dedos. Las hojas de los árboles les pegan por todo el cuerpo, los ruidos de la ciudad los ensordecen.

Corren desesperados. La gente los mira y se hace a un lado cuando los ve llegar, a veces alguna persona no se mueve del camino, la chocan, se caen. Los cuerpos se mezclan en un golpe seco, parecieran unirse y convertirse una sola masa de carne que rebota entre sí se secciona y las partes caen desplomadas al suelo. Se paran frenéticamente y vuelve a empezar la carrera.


Corren como agua por el río en una creciente. La tierra de las veredas que se les pega en la ropa, les irrita los ojos, se mete entre sus dientes. La mastican, la saborean. Cruzan las calles sin mirar, esquivando autos, camiones, colectivos. Saltan, se escurren, chocan, empujan.

Corren. Sus cuerpos parecen desarmarse, sus piernas se estiran más de lo que se supone que pueden, sus brazos se mueven al costado de su cuerpo, pareciera que van a salirse, son tentáculos que los ayudan a no caer, escudos que empujan cualquier cosa o ser que se interpone. Sus cuerpos parecen de plástico caliente, se deforman y vuelven a acomodarse.

Corren como el viento, en contra, como sea, corren alterados, desesperados nada los detiene, corren.

Escapan.



http://www.youtube.com/watch?v=bRQEsLwQrJc

domingo, 16 de agosto de 2009

Extravío

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El pálido color de las paredes de la habitación entristecía aún más la situación. Una luz ámbar entraba por las hendijas de la puerta e iluminaba débilmente los muebles. Tirada en la cama con los brazos atrás de su cabeza sentía como las sensaciones cambiaban lentamente al compás de la música que llenaba la sala como olas que besan el arena de las playas. Una voz susurraba frases en un idioma extraño dentro de la radio.
Su cuerpo totalmente rendido y entregado a los efectos de la droga se desparramaba desordenadamente sobre el colchón. Los ojos abiertos como dos ventanas miraban fijamente el techo pero no veían nada.
Situaciones e imágenes se desarrollaban ante ella como una película, a veces estiraba lentamente la mano tratando de tocar alguna flor o acariciando el gato que se paseaba por la escena. Un parpadeo. Otra historia y el brazo caía desplomado al lado de su cuerpo.
De a poco y siempre siguiendo la música se dio vuelta hasta que su cara se hundió en las sabanas, la refregó entre ellas y sintió su suavidad, su perfume, extrañó a la persona que había dejado su aroma allí y volvió a olvidarse.
Cerraba lentamente los ojos y volvía a abrirlos, algo como cansancio y tristeza le recorría el cuerpo.
Afuera la noche era oscura y una luz de la calle dejaba un destello en la ventana. Observando detenidamente semejante fenómeno – un rayo de luz depositado en un vidrio, quieto, inmóvil, inalterable - , exploraba sus labios con la punta de los dedos. Era una caricia violenta, una forma de reconocerse. De la boca a las mejillas y de ellas a los ojos, los cerraba y con el dedo índice los rodeaba y dibujaba formas en ellos.
Otra vez la mano cansada volvía al costado del cuerpo.
La soledad de aquella habitación era casi material. Una pocilga en el medio de una posada barata de pueblo. En la calle ni ruido ni gente. El clima se prestaba para viajar, de mano de las inyecciones, por su mente. De a poco se iba yendo, divagando y vagando por sus recuerdos.
La piel se le volvía más sensible a cada instante, podía sentir cada centímetro de su cuerpo. Le ardían la nariz y los ojos. Empezaba a sentir cosquillas en las plantas de los pies. La música estaba más lejana y las imágenes eran menos.
Un golpe en la puerta de entrada de la posada. Voces, pasos, la escalera crujía. Rápidas pisadas como corridas hasta su puerta. Silencio.
Un golpe en la puerta de la habitación y el picaporte se torció. Se sentó en la cama, apoyó la espalda en la pared y metió la jeringa adentro del cajón de la mesa de luz. Entraron dos nenes de caras muy blancas y pelo muy negro, la miraron. Miraron hacia atrás.
Una mujer alta, cubría casi toda la puerta. La miró con desprecio y dijo algunas pocas palabras en un lenguaje que aún resultaba incompresible. Se dio vuelta y cerró la puerta.
Pasos, la escalera crujiendo y otra vez la puerta de la posada.
En la habitación habían prendido un velador y los nenes jugaban con las cosas que había en una caja sucia y media rota, mientras ella veía como el pálido color de las paredes era tan similar a esos rostros.

jueves, 4 de junio de 2009

El Último Segundo


Despacio abrió el ojo derecho y vio directamente las sabanas que le llegaban hasta la nariz. Sus manos hechas un bollito en su pecho y sus piernas dobladas una encima de la otra. El costado de su espalda descansaba sobre el colchón y su cara se hundía en la almohada.
De a poco se fue dando vuelta para no sentir tanto el frío de las sabanas hasta quedar boca arriba. El pelo todo revuelto se esparcía sobre la almohada. Se destapó un poco la cara hasta que las sabanas y colchas llegaron a sus hombros. Por su nariz entraba el crudo aire que flotaba en la habitación.
Abrió los dos ojos y miró el techo blanco. No se quería levantar. Tiró la cabeza para atrás y viendo el mundo al revés observó a través por la ventana. Las nubes grises como de algodón sucio cubrían el cielo y se veían algunas hojas de árboles medias marrones que volaban.
Se volvió a hundir en la almohada y se tapó toda la cara. Volvió a cerrar los ojos como haciendo fuerza para dormirse de nuevo, pero la idea de que tenía que levantarse le daba vueltas por la cabeza. No tenía otra opción.
Se movía despacio entre las sabanas, como despertando de a poco cada parte de su cuerpo.
De un solo movimiento corrió todo lo que la cubría, instantáneamente el frío le llegó hasta los huesos y se volvió a tapar desesperadamente. Evidentemente no era la mejor forma de levantarse.
Se volvió a enroscar en las colchas y a cerrar los ojos. Despacio volvió a abrirlos y esta vez segura de hacerlo se sentó en la cama y agarró el pantalón que colgaba de los pies casi en el piso.
Hizo un cuarto de giro sobre sí misma hasta que sus pies quedaron casi rozando la alfombra y comenzó a ponerse el pantalón. Sin prenderlo se agacho y busco las medias que estaban tiradas arriba de la alfombra, se las puso y después las pantuflas. Se paró, hizo dos pasos y agarró la primera remera de una pila de ropa que descansaba encima de un sillón que estaba en el medio de la pieza.
Camino tres pasos para su derecha, sacó una campera del ropero y se la puso también. Se abotonó el pantalón y caminó hasta la puerta de la habitación. Abrió la puerta y el calor de la otra sala le llenó la cara.
Llegó a al puerta del baño, tocó por las dudas hubiera alguien y nada se escucho adentro; se dio cuenta que era mejor poner el agua a calentar para no perder tiempo después. Dejó atrás el baño y se dirigió a la cocina. Llenó con agua en la pava, prendió la hornalla y la puso encima.
Por la ventana de la cocina podía verse que hacía un día de invierno brutal, el viento hacía volar las cosas y las nubes estaban altas, grises y quietas. Eran como un mar congelado.
Volvió al baño y esta vez no tocó.
Cuando entró el dolor inundó su cuerpo, sus piernas se aflojaron y todo su cuerpo se ablandó, de a poco y como en cámara lenta quedó acostada en el piso con la cara aplastada contra el piso helado del baño.
El dolor había empezado en el estómago y se había disipado por el cuerpo como un relámpago. Cada centímetro de su cuerpo y su piel había sentido la descarga violenta que fluía como la sangre y se escapaba por cada poro.
Ya tirada en el suelo, no podía ni siquiera moverse, estaba paralizada de dolor y a pesar que su mente estaba despierta su cuerpo parecía muerto.
Sus ojos frenéticos buscaban algo que la ayudara a moverse, pero nada parecía servir, no podía hablar, ni gritar, ni emitir sonido alguno.
A medida que pasaban los minutos podía sentir como cada parte de su cuerpo iba quedando sin vida. El proceso había iniciado por los dedos de los pies y subía lentamente como un monto que cubría su cuerpo. Los pies, las piernas, las rodillas, sus muslos. Era una cosquilla leve que acababa en la nada. Ni frío, ni calor.
Con cada minuto, el dolor abandonaba una parte que quedaba como inexistente.
El manto ya llegaba a su estómago y el miedo de la mente inteligente se desataba en sus neuronas.
De a poco su corazón latía cada vez menos y su garganta se cerraba, sin dejar que los casi inmóviles pulmones se inflaran.
Como un rayo de luz, sintió que su garganta se abría, y sus pulmones llenos de ese preciado aire se inflaban hasta lo más amplio, su corazón latió rápidamente. Sintió calor en las mejillas y sin pensar suspiró hondamente.
Cuando la ultima partícula de aire abandonó su cuerpo, se dio cuenta que ese había sido su ultimo segundo.